Con Progressive Rock Side of Five Moons Volume 10 se cierra el ciclo… pero, ojo, no la historia. Este décimo volumen, dedicado como el anterior a los sabores inéditos, pone el broche a una etapa, sí, a ese primer gran arco que ha ido rescatando músicas y músicos desconocidos, directos imposibles y grabaciones que dormían el sueño de los justos. Pero desde la propia casa ya se ha dejado claro que la colección quiere, necesita, seguir viviendo: se retoma, se reformula si hace falta, y volverán nuevos volúmenes. Esto no es una despedida, es un punto y seguido con pausa solemne.
Lo que ha hecho 5 Lunas Producciones durante estos diez capítulos no tiene precedentes reales en nuestro país: arqueología progresiva sin postureo, sin canon impuesto y sin complejos. Y este Vol. 10 resume perfectamente esa filosofía.
El décimo viaje lo abren Cheeto’s Magazine, nuestros Spock’s Beard de Barcelona, que aquí no vienen a epatar con virtuosismo de escaparate, sino a mostrar una cara quizá menos visible: precisión técnica, sí, pero también ironía melódica y ese gusto por el cambio de dinámica que los distingue dentro del progresivo estatal más contemporáneo.
Después nos sorprenden desde los sublimes Alter Ego, desde Orereta e Iruña, con una de las mejores piezas de este nuevo volumen. Un lienzo musical que respira clasicismo setentero bien entendido sin oler a propuestas derivativas: desarrollos amplios, teclados con intención narrativa y guitarras que no viven por vivir, sino por construir sólidas propuestas.
El pulso cambia con el directo de los gaditanos Omni, que se mueven en terrenos más sinfónicos, más envolventes, gracias a su técnica y enorme pasión, jugando con texturas y tensiones contenidas en un ejercicio musical fluido y orgánico. Nada de fuegos artificiales gratuitos: aquí el viaje es interior para explotar en un caleidoscopio de emociones.
Entran luego Khorus, que con el tiempo derivarían en Bola, y, como buenos adelantados a su propio tiempo, su música empieza a ofrecer desafíos. Más músculo, más contundencia, con ese planteamiento directo y claro, pero enfocado en el gusto por la estructura compleja. Progresivo inquieto y lírico de unos músicos únicos en aquel momento, que no reniega de la potencia ni del filo progresivo ni del jazz rock más inquieto. Los sevillanos construyeron una de las catedrales progresivas más sólidas del momento, pero no se supo, o no se quiso, agradecer su resplandor seductor e innovador.
El golpe de Historia lo pone Iceberg, precisamente con “Històries”, tocado en directo en 1978. Palabras mayores. Su más que positiva presencia aquí funciona casi como recordatorio de lo que en este país hubo, y hay: músicos que podían mirar de tú a tú al jazz-rock europeo o mundial más exigente. Lo suyo no es nostalgia: es vigencia.
Y desde otro ángulo, otros históricos: Asturcón aportando raíz y carácter, uniendo tradición y electricidad con naturalidad, sin forzar el acento ni disfrazarlo. Los asturianos sólo publicaron un álbum homónimo en 1981 y, teniendo grabado el segundo, desafortunadamente ya nunca supimos de ellos. 5 Lunas Producciones rescata “Pensando en el futuro”, inédito del segundo trabajo que, ya puestos, se podría, de alguna manera editar para no olvidar el legado enorme del progresivo norteño.
La segunda mitad del recorrido abre con Moon Cluster, que juegan con climas más universales, más introspectivos, casi cinematográficos por momentos, aportando desarrollos embriagadores llenos de emoción y fluidez melódica. Este “Two legs of stone” se me antoja el preludio de un nuevo trabajo de los de Bilbo. Sonidos emersónicos, camelianos y floydianos surcan los más de 9 minutos de esta gloriosa composición.
Después, los melódicos marillionanos Numen se adentran en terrenos donde la música y la espiritualidad caminan juntas, con una construcción paciente que demuestra que el progresivo sigue siendo, ante todo, una cuestión de discurso musical.
La rareza con personalidad propia la trae unos, para mí, siempre sorprendentes Alquilbencil, agrupación inclasificable para una propuesta que no pretende encajar de manera fácil: riesgo, mezcla y ese punto de libertad que recuerda que la música progresiva nació para romper moldes, no para ser idolatrada ad perpetuam.
Y el cierre lo firma un inmensurable Javier Miranda, que nos desvela en “Season of good rain” de 2012, su mirada más personal, casi de autor, convirtiendo teclados y composición en síntesis de la técnica al servicio de la emoción.
El orden de los temas funciona como una línea temporal emocional más allá de lo puramente cronológico. Hay generaciones distintas, enfoques distintos, producciones desiguales. Y precisamente ahí está la verdad del asunto. Este volumen no intenta maquillar diferencias ni construir un relato homogéneo. Lo que hace es mostrar el ecosistema completo: desde nombres consolidados hasta proyectos casi secretos, todos unidos por la misma necesidad de crear sin pedir permiso. Y aunque parezca que este disco marca el final de una etapa perfectamente delimitada, no supone bajar la persiana. Al contrario: deja la puerta entreabierta. La colección seguirá, con nuevos rescates y nuevas lunas. Así que sí, se cierra este primer círculo numerológicamente mágico… pero el patrimonio pide paso.






