Hay proyectos que nacen para
ocupar una cartelera, y otros que nacen para quedarse suspendidos en el tiempo,
como si no terminaran de encontrar su momento. Wallada: El Sueño de un Poeta Cordobés pertenece, sin duda, a los
segundos. Estrenado en 2004 en los Jardines del Alcázar de Córdoba, en el marco
del Festival de la Guitarra, aquel gran montaje multidisciplinar no fue
simplemente un musical: fue una intuición artística de José María de la
Quintana y Javier García-Pelayo adelantada a su época, un intento honesto, emocional
y profundamente andaluz, de convertir el lenguaje del rock en relato escénico.
Aquel día, el rock andaluz se convirtió en Historia, con mayúsculas.
La historia elegida no podía ser
otra. Wallada bint al-Mustakfi, poeta libre en la Córdoba del siglo XI, y su
relación con Ibn Zaydún, ofrecían todos los ingredientes: amor, conflicto,
belleza, caída. Pero lo que diferenciaba a Wallada
de otras aproximaciones históricas era su manera de contar. Aquí no había
reconstrucción académica ni recreación museística. Había emoción. Y esa emoción
hablaba en un idioma muy concreto: el del rock andaluz.
Para entender el alcance de la
propuesta, hay que detenerse en ese punto. El rock andaluz, representado, entre
otros, por nombres como Triana, Alameda o Smash, no fue sólo un género musical:
fue una forma de mirar el pasado desde la modernidad. Mezcló guitarras
eléctricas con compases flamencos, sintetizadores con ecos de Al-Ándalus, y
creó un sonido profundamente evocador, casi narrativo. Pero si hay una banda
que consolidó ese lenguaje y lo llevó a una dimensión más emocional y
accesible, esa es Medina Azahara. El estilo compositivo remite claramente a su
sonido, convirtiendo a los Medina en una especie, si se me permite, de ADN
musical del espectáculo.
Y es precisamente ahí donde
Wallada encuentra su raíz más fértil. No como adaptación directa de miembros de
la banda, ni como biografía encubierta, sino como prolongación natural de su
universo sonoro y lírico. Algunos de los músicos implicados en la obra tenían
vínculos con ese entorno, pero más allá de los nombres (gracias Miguel Galán,
gracias Randy López), lo que importa es el espíritu. Las melodías, los
desarrollos instrumentales, el uso de teclados envolventes, la forma de
construir clímax emocionales… todo remite a esa tradición. Wallada no imita el rock andaluz: lo habita.
La gran diferencia es que aquí
ese lenguaje deja de ser fragmentario. Donde el rock andaluz clásico, para
entonces más memoria que presente, se expresaba en canciones independientes, el
musical propone continuidad de una tradición. Aparecen motivos recurrentes
asociados a personajes, transiciones musicales que sostienen la acción, una
arquitectura dramática que convierte cada tema en parte de un todo. Es, en
esencia, una ópera rock andaluza que, creo, nunca se definió como tal, pero que
funciona exactamente bajo ese principio: música como narración, rock andaluz
expandido hacia lo teatral, algo poco habitual.
El contexto también importa.
Córdoba no es solo el escenario de la historia, sino su símbolo más potente. Es
la ciudad de Wallada, sí, pero también la ciudad de la que surge Medina
Azahara. Esa coincidencia convierte la obra en algo más que una evocación de un
pasado esplendoroso o la idealización de la Córdoba califal: la transforma en
un diálogo entre pasado y presente, entre memoria cultural y expresión
contemporánea. No es casual que el musical insista en temas como la convivencia
entre culturas, la tolerancia o la belleza compartida. Son los mismos temas que
el rock andaluz ha trabajado durante décadas, solo que aquí se encarnan en
personajes, en cuerpos, en escena.
Sin embargo, la ambición de Wallada fue también su mayor fragilidad.
En una época en la que el rock andaluz ya no ocupaba el centro de la industria
musical, pese a que sus músicos estaban en su mejor momento personal, apostar
por una producción compleja, con danza, música en directo, escenografía audiovisual
y un lenguaje híbrido, era un riesgo considerable. La obra, costosa y difícil
de mantener en gira, aun con todo tuvo recorrido, con parada destacada en el
teatro Apolo de Madrid, pero no logró consolidarse como fenómeno duradero.
Quedó, más bien, en ese territorio difuso donde habitan las obras de culto:
recordadas con intensidad por quienes las vivieron, pero ausentes del circuito
habitual.
Y aun así, algo permaneció. Quizá
porque el material de base, musical, histórico, emocional, tenía más
profundidad de la que su contexto permitió desplegar. Quizá porque, en el
fondo, Wallada no había terminado de
decir todo lo que tenía que decir.
Por eso resulta especialmente
significativo lo que ocurre en 2026 con la recuperación impulsada por el sueño
andalusí de Juan Antonio Vergara, alma de 5 Lunas Producciones. No se trata de
una simple reedición ni de un ejercicio de nostalgia. Lo que emerge ahora es
una nueva escucha, una forma de reorganizar y presentar ese legado musical
desde la perspectiva que da el tiempo. La producción respeta la esencia
original del sonido, ese pulso entre lo sinfónico, lo flamenco y lo eléctrico,
pero introduce una claridad, una limpieza y una nueva forma de respirar la
música, fruto de un enorme trabajo de masterización que permite apreciar mejor
sus matices, sus intenciones, su arquitectura interna. Es como si las canciones
hubieran estado esperando este momento. 5 Lunas Producciones, ahora desde la
distancia suficiente, logra que se entienda mejor lo que nos intentaban decir
hace más de veinte años y que, a la vez, nos preguntemos si una música puede
contar quiénes fuimos... y quiénes aún podríamos ser. En 2004 la pregunta quedó
en el aire. En 2026, gracias a esta edición en CD y DVD, por fin empieza a
escucharse la respuesta.
Y es que escuchar hoy Wallada es, en cierto modo, completar un
círculo. Lo que en su nacimiento podía percibirse como una apuesta arriesgada,
incluso desubicada, se revela ahora como una pieza coherente dentro de una
tradición más amplia: la del rock andaluz entendido no sólo como música, sino
como forma de narrar, de pensar y de recordar. La conexión con Medina Azahara, transformada
y aumentada para la representación en Grupo Qúrtuba, deja de ser una referencia
implícita para convertirse en una clave de lectura evidente.
Porque al final, lo que propone Wallada, y lo que 5 Lunas rescata con
sensibilidad y enorme cariño, es algo sencillo y profundo a la vez: que la
música puede ser memoria viva. Que una melodía puede evocar una ciudad, una
época, una forma de amar. Y que, a veces, las obras no fracasan ni triunfan en
su momento: simplemente esperan el tiempo necesario para ser escuchadas como
merecen.
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