Progressive Rock Side of Five Moons, Volume 9 es otro capítulo más en esa bendita locura que responde al nombre de 5 Lunas Producciones. Y no, no está aquí para inflar egos ni para arañar titulares en suplementos semanales de engañosos colores. Está para lo que casi nadie hace: rescatar una escena que, para la mayoría, directamente no existió. Esta serie se ha convertido, y no exagero, en la única iniciativa que se ha tomado en serio el rock progresivo español como trabajo arqueológico: cintas olvidadas, maquetas imposibles, grabaciones que dormían en cajones desde los setenta, los noventa o los dos mil. Aquí no hay éxitos ni clásicos de manual; hay música que, de no ser por este proyecto, seguiría perdida en la penumbra.
Cada volumen tiene su carácter y este noveno es el del rescate crudo. No ya de nombres, que también, sino de músicas que jamás salieron del círculo más cercano a quienes las parieron. Sueños grabados en cuatro pistas, proyectos que no encontraron hueco, ilusiones que se quedaron a mitad de camino. Y, sin embargo, cada tema funciona como un puente tendido entre generaciones. El resultado es un mosaico orgánico, a veces sin pulir, pero honesto hasta la médula: una aventura desnuda, sin maquillaje, lista para quien quiera entrar sin prejuicios.
El arranque lo firma Eric Baule con “Grateful essence’s tale”, y vaya manera de empezar: guitarra que dibuja épica mediterránea, desarrollo fluido, arreglos complejos y melodías que se expanden sin pedir permiso. Pasión, mucha pasión, pero con cabeza.
Después aparecen los Bola Banda Electrónica con “El baile de los electrones”, rescatados también el año pasado por 5 Lunas, que funciona como una metáfora de Tangerine Dream sureño jugando a Kraftwerk con instrumentos casi primigenios. Aquí la originalidad pesa más que la tecnología, y eso se nota... y se agradece.
Una de las joyas del disco es “The limpid green”, del asturiano Jesús Muñoz, auténtico artesano de la guitarra y los sonidos progresivos. Se encarga de todo y lo hace con una naturalidad que asusta: ensoñación, optimismo y sensibilidad. Un adorable e injusto desconocido que en otro país sería considerado uno de los dioses de la eléctrica.
Desde Barcelona, Fireplace te embauca con ese rock progresivo teñido de elementos teatrales y folclóricos que dirigen descaradamente su música hacia el Canterbury de mayor calidad como si hubiesen nacido en la medieval ciudad del sur de Inglaterra. El título, “Apple Smell Colour” es una clara referencia el grupo que montarían más tarde los líderes Lluis Barceló y Uri Mas. Exquisita elegancia sin necesidad de alardes.
No recompuestos de la maravilla lírica de Fireplace, entran a tumba abierta los jerezanos Metáfora, origen de Onza, y dirigidos con fuerza, pasión e inteligencia compositiva por el maestro de la guitarra eléctrica Jaime Padilla. El universo sonoro de este gaditano mediterráneo es tan poderoso que sabe transmitir como pocos músicos alma y fuerza: la emoción y la potencia narrativa surca cada segundo del instrumental “En el campo de batalla”, uno de los temas claves de este noveno volumen.
Miguel Ángel Fernández Pérez, alma de Música Invisible y multiinstrumentista burgalés, aporta “Referencias”, una tormenta de teclados, guiños evidentes a Emerson y Wakeman, y un detalle emotivo hacia ABWH que deja claro de dónde vienen sus devociones.
También escuchamos con deleite a los primeros Bloque, todavía sin Juanjo Respuela, con la maqueta de 1975 “Volver a sentir”. No es el Bloque refinado que luego conoceríamos, pero sí el embrión: músculo en crudo, poesía incipiente y potencial a punto de estallar desde Torrelavega.
Entran Éxodo (1977) y la cosa se pone más interesante: se intuye la raíz andaluza, sí, pero se escapa del tópico y se mete en terrenos más jazz-rock, más libres, menos previsibles. Enormes estos curtidos boquerones que te impactan tanto con Genesis como con King Crimson o los primeros Tabletom. Únicos.
Cuando crees que el mapa ya está trazado, Soma Planet (2003) irrumpe con improvisación, experimentación y estructuras menos dóciles, recordando que el progresivo no es solo sinfonismo de capa y espada, sino un concepto que progresa nota a nota.
Cierran Xoldra, desde la eterna Galicia, con “Repique” aportando ese aire con raíz folk, basado en guitarras que dialogan sin prisas y un aroma que huele más a honestidad que cualquier virtuosismo vacío.
El conjunto, evidentemente, no funciona ni funcionará como un “grandes éxitos”, sino como mapa fragmentado de intentos, búsquedas y momentos concretos congelados en el abismo del Tiempo inexorable. Hay irregularidad, claro. Hay diferencias de producción, de época, de ambición. Pero precisamente ahí está la gracia: en que no intenta disfrazar nada. Este volumen, ni ninguno de los anteriores, no pretende imponerte una versión oficial del progresivo patrio, sino enseñarte sus costuras, sus ramificaciones y sus caminos secundarios. Y si te gusta escarbar en los márgenes, estas glosas te harán disfrutar eternamente.
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