martes, septiembre 22, 2015

DAVID GILMOUR: RATTLE THAT LOCK



DAVID GILMOUR: RATTLE THAT LOCK (2015, COLUMBIA RECORDS)

  1. 5 A.M. 3:07
  2. Rattle That Lock 4:57
  3. Faces of Stone 5:34
  4. A Boat Lies Waiting 4:36
  5. Dancing Right In Front of Me 6:13
  6. In Any Tongue 6:48
  7. Beauty 4:30
  8. The Girl in the Yellow Dress 5:27
  9. Today 5:57
  10. And Then... 4:32
Formación:
David Gilmour: guitarras eléctricas y acústicas, bajo, percussion, piano, órgano Hammond, piano eléctrico, saxofón, voz y
Guy Pratt: bajo
Phil Manzanera: piano y teclados
Polly Samson: piano y voz
Steve DiStanislao: batería
Mica Paris: voz
Louise Marshall y The Liberty Choir: voz  

10/10

El problema de enfrentarte a un disco en solitario de David Gilmour es que, presumiblemente, queremos que suene a lo que se nos indica en la etiqueta: el guitarrista de Pink Floyd. Y no es así. David Gilmour, como el resto de los integrantes de Pink Floyd, a excepción de algunos fragmentos de Roger Waters y en un par de ocasiones de Rick Wright, nunca ha sonado a Pink Floyd. Y no es que no haya detalles en su discografía particular que recuerden al cuarteto del Dark Side of the Moon, que indiscutiblemente los hay. La cuestión es que cuando Gilmour compone un trabajo en solitario se olvida conscientemente de su papel en Pink Floyd y da rienda suelta a su amplia visión personal de la música hecha con calidad, porque esto sí que no se puede negar en ningún momento. ¿No es cierto, además, que afirmó que Pink Floyd habían terminado su singladura? Entonces, ¿por qué debería sonar como Pink Floyd?
Estamos ante un trabajo maduro de un hombre maduro: ya son, creo, 69 años, y la experiencia personal y sus propias inquietudes individuales le han llevado a componer un disco sobre lo que más sabe una persona a esas alturas: el transcurso de la vida, la propia vida. En este caso, como en el anterior disco, On an Island, musicalmente se ha recurrido al espíritu lánguido y sosegado para componer un trabajo exquisito de formas, quizá menos en su fondo, pero no puedo criticar nada que salga de los pensamientos internos de una persona que compone para el conjunto global de oyentes y seguidores, que, unas veces alabarán, su trabajo y otras quedarán menos satisfechos con el resultado final. Pero insisto, no es un trabajo de Pink Floyd, es un disco de David Gilmour, un músico inteligente, lleno de influencias desde sus orígenes y que sabe imprimir en un trabajo sus ideas progresivas, pero sabe aderezarlas con pop, blues y jazz para dar un resultado satisfactorio en dos direcciones: la personal del músico y la que disfrutará el verdadero oyente de música.
No quisiera que esto se considerara como un alegato de defensa hacia David Gilmour, que realmente no lo necesita, y menos proviniendo de alguien en una posición tan humilde como la mía, pero he considerado la necesidad, mi necesidad de espíritu floydiano, de hacer un ejercicio profundo de crítica constructiva a raíz de haber leído crónicas internacionales y nacionales de este, que yo considero, gran disco de 2015, en las que casi se despreciaba la labor de un músico que no ha hecho otra cosa que proporcionarnos un regalo a nuestros oídos y a nuestro interior quizá, ojalá no sea así y me equivoque, quizá por última vez, por lo menos vocalmente hablando.
No voy a hablar de temas, casi nunca lo hago, prefiero dar una visión global y en este caso me quedo con que este disco de David Gilmour es un ejercicio introspectivo y muy íntimo en el que se resume de forma, no lo olvidemos, personal de la percepción del recorrido vital de una persona a lo largo de su existencia, dando como resultado un artefacto melancólico, lánguido, unas veces poderoso y magnífico, otras delicado y sencillo, lleno de sentimiento y con un sentido plausible por difundir el punto de vista básico e imprescindible de una vida vivida, valga la redundancia, llena de experiencias y expuesta desde la veteranía y la destreza.
En este sentido lo considero un disco redondo, sin altibajos, poderoso en su ejecución y muy inteligente en su producción, con exquisitos arreglos y distintos incisos musicales que no hacen sino aumentar una calidad que no viene dada, simplemente, por el nombre del músico que firma el disco. En este sentido, insisto, nos regala un producto adorable, íntimo y personal y lo hace con el marchamo del que ya a estas alturas no necesita demostrar nada porque cada trabajo, colectivo o individual, como es el caso que nos ocupa, está hecho con dedicación, esmero y mimo.
David Gilmour ha vuelto a tocarnos la fibra sensible. Exquisito.