lunes, febrero 24, 2025

RIVERSIDE: ANNO DOMINI HIGH DEFINITION (2009)

Cuando Riverside lanzó Anno Domini High Definition, quedó claro que la banda polaca estaba en una nueva etapa de su evolución musical. Con un sonido más directo y agresivo, este álbum supuso un giro hacia un hard progresivo más intenso sin perder la esencia atmosférica y melódica que los caracterizaba. La alineación conformada por Mariusz Duda (voz, bajo, guitarra acústica), Piotr Grudziński (guitarras eléctricas), Michał Łapaj (teclados, Hammond, theremin, coros) y Piotr Kozieradzki (batería, percusión) logró un balance entre dinamismo y momentos de calma, donde los extensos desarrollos instrumentales se combinan con capas fluidas de teclados que, en ocasiones, llegan a insinuar la electrónica progresiva.

Desde el inicio con “Hyperactive”, Riverside deja claro que este no es un disco de medias tintas. El piano inicial de Łapaj es solo una breve introducción a la tormenta de riffs de Grudziński y el bajo potente de Duda, creando una base rítmica sólida que se mantiene a lo largo de todo el álbum. En temas como “Driven to destruction” y la suite Egoist Hedonist, la banda juega con estructuras complejas y cambios de tiempo que recuerdan a bandas como Porcupine Tree o Pain of Salvation, aunque con una identidad propia muy marcada. El uso de un órgano Hammond rugoso le da cuerpo a los temas, aportando un aire setentero que refuerza la conexión de la banda con el rock progresivo clásico, evocando a grupos como Pink Floyd y King Crimson.

El punto culminante del álbum llega con “Left out” y “Hybrid times”, dos composiciones de largo desarrollo que reflejan la madurez compositiva del cuarteto. Aquí, la épica y la fluidez toman protagonismo, con pasajes instrumentales de profunda luminosidad y una interpretación emocionalmente intensa por parte de Duda. Su voz, cálida y a la vez melancólica, guía al oyente a través de un viaje sonoro donde la tensión y la calma se alternan de manera magistral. Además, la presencia de secciones de viento en la citada Egoist Hedonist añade una dimensión inesperada, pero perfectamente integrada al sonido del disco, demostrando la capacidad del grupo para innovar dentro de su propio estilo.

Anno Domini High Definition es un álbum que, en mi opinión, consolidó a Riverside como una de las bandas más relevantes del progresivo contemporáneo. Su capacidad para fusionar la agresividad del metal con la reflexión del rock progresivo sinfónico, sumada a una producción impecable, lo convierte en una obra imprescindible para los amantes del género. Con este disco, la banda no solo cerró una etapa, sino que también dejó claro que su evolución musical estaba lejos de terminar.

domingo, febrero 23, 2025

ELIXIR: ONE HAPPY DAY (1986)

El álbum One Happy Day de Elixir, lanzado en 1986, representa un ambicioso intento de fusionar el rock progresivo con un pop sofisticado, con ciertas reminiscencias a bandas como los primeros Pendragon o, incluso, Azul y Negro, aunque sin el componente tecno de estos últimos. La banda malagueña, que compartió escenario con Tabletom en diversas ocasiones, presenta un trabajo con ideas interesantes y bien intencionadas, pero que en su resultado final carece de la profundidad necesaria para destacar dentro del género progresivo. Aun así, se pueden encontrar pasajes evocadores y una clara intención de sofisticación musical que le otorgan un sello distintivo dentro del panorama español de los años 80.

El dúo conformado por Carlos Salcedo (voz, flauta, guitarra y percusión) y Carlos Llorente (voz, piano, sintetizadores y bajo) asume la totalidad del trabajo interpretativo y compositivo, lo que, si bien demuestra su talento y versatilidad, también limita el alcance sonoro del álbum. La producción adolece de un sonido algo plano que no termina de realzar las múltiples capas e influencias que se intuyen en la propuesta. En algunos momentos, la música evoca lejanamente a Granada o incluso a Jethro Tull, gracias al uso de la flauta y ciertos desarrollos melódicos, mientras que en otros se acerca más a la línea sinfónica que posteriormente explotarían los hermanos Marés en Mascarada, aunque sin la estructura conceptual de estos últimos.

A pesar de sus limitaciones, One Happy Day deja algunos temas destacables que sobresalen por su calidad melódica y su espíritu evocador. "Dream of dreams" es quizás el tema más logrado, con una atmósfera envolvente que atrapa al oyente. "Melodies from the sea" despliega una sensibilidad especial en su construcción, mientras que "Close to the end" aporta una dosis de dramatismo bien logrado. Son en estos momentos donde se percibe el verdadero potencial de la banda, aunque la ausencia de una formación más amplia impide que estas ideas alcancen un desarrollo pleno. Es fácil imaginar cómo un mayor número de músicos podría haber enriquecido los arreglos y brindado una mayor variedad sonora al álbum.

En definitiva, One Happy Day es un trabajo con mérito, pero que se queda a medio camino entre la ambición y la ejecución. Se percibe el esfuerzo y la pasión de Salcedo y Llorente, pero también las limitaciones que conlleva un proyecto tan exigente llevado a cabo solo por dos músicos. No obstante, el álbum merece ser rescatado y apreciado dentro de su contexto, como una pieza singular en la historia del rock progresivo español. Quizás no cambió el curso del género, pero dejó una huella nostálgica en aquellos que saben valorar los sueños musicales que, por imperfectos que sean, nacen con el corazón en el lugar correcto.

sábado, febrero 22, 2025

CHIRCO: VISITATION (1972)

Hay discos que surgen del reino del olvido como mensajeros de un tiempo desconocido, envueltos en un halo de misterio e injusticia. Visitation, el único álbum de Chirco lanzado en 1972, es uno de esos raros tesoros. No es solo una obra musical, sino el testimonio de una época en la que el rock progresivo y psicodélico buscaba romper las estructuras convencionales para adentrarse en terrenos inexplorados. Tony Chirco, el visionario detrás de este proyecto, no era un simple batería, sino un alquimista sonoro que intentó forjar una experiencia auditiva única. Sin embargo, lo que pudo haber sido un hito del underground setentero quedó atrapado en una maraña de malas decisiones comerciales y una distribución fallida.

El sonido de Visitation se mueve entre la primitiva esencia progresiva y la crudeza del hard rock, con pinceladas de jazz y un leve toque espiritual que lo distingue de otros discos de la época. Desde la suite de apertura Older Than Ancient, con sus cambios abruptos y su narrativa casi cinematográfica, hasta el cierre con “Child of peace”, el álbum es un carrusel de experimentación. La presencia de vibráfonos, órganos espaciales y vientos brilla en composiciones como “Golden image” y “Dear friends”, mientras que la guitarra de John Nayior aporta momentos de pura electricidad. Anvil Roth, con su voz potente y teatral, dota al disco de un dramatismo que llega a recordar los primeros trabajos de Styx o incluso a las incursiones más ambiciosas de Journey. No es el típico rock psicodélico de la Costa Oeste, sino un híbrido que se nutre del eclecticismo neoyorquino, con una ejecución impecable y una producción sorprendentemente pulida para una edición independiente.

Chirco y su banda intentaron abrirse camino en Denver, pero su destino estuvo marcado por la caída de Crested Butte Records (1972-1973), un sello que más que un trampolín resultó ser un callejón sin salida. La historia del álbum es casi tan fascinante como su contenido: una banda que se reúne en la periferia de Nueva York, graba un disco con ambición conceptual, viaja al Oeste con la esperanza de triunfar y acaba viendo su obra desvanecerse entre el olvido y la corrupción empresarial. No es de extrañar que los pocos ejemplares de Visitation que sobrevivieron sean hoy en día objeto de culto. Como tantas joyas malditas del rock progresivo, su fracaso comercial no opaca su relevancia artística, sino que la realza.

Escuchar Visitation hoy es descubrir un mundo sonoro que, a pesar de su anonimato, sigue resonando con fuerza. Es un disco que desafía etiquetas y expectativas, que deslumbra tanto por su ambición como por sus imperfecciones. En un universo paralelo donde Crested Butte Records hubiera tenido un mejor desarrollo, quizás Chirco se hubiera convertido en un referente del progresivo americano. Pero la historia quiso que su legado permaneciera oculto, esperando a ser redescubierto por aquellos que buscan más allá de la superficie. Y cuando uno lo encuentra, es imposible no sentir que ha sido testigo de algo especial, algo que el tiempo no ha conseguido apagar.

martes, febrero 18, 2025

TÉ PUNCH (1991)

En 1991, la escena musical española fue testigo del lanzamiento del álbum homónimo de Té Punch, una banda que fusionó con maestría los géneros del jazz y el rock, ofreciendo una propuesta sonora compleja y llena de matices con un enorme Jordi Pegenaute en la guitarra, Alex Martínez en los teclados, Joan Rectoret en el bajo y Enric Illa en la batería. Además, contaron con la colaboración de Ernest Martínez en la percusión en varias pistas, añadiendo profundidad rítmica a su sonido.

El álbum, único en su discografía, publicado por el sello Audiovisuals de Sarrià, consta de ocho temas que destacan por su exigencia formal y ejecución impecable. Composiciones como "Respiro" y "Kropotkin", ambas escritas por Pegenaute, exhiben una destreza técnica y una sensibilidad melódica que rememoran bandas internacionales de jazz rock como Weather Report o Return to Forever. La interacción entre la guitarra y los teclados crea paisajes sonoros que, sin perder su identidad, recuerdan la elegancia y el virtuosismo de estos referentes del género.

La influencia de grupos coetáneos es palpable en la estructura y dinámica de las composiciones. Por ejemplo, "Possessió" muestra una fusión de ritmos y armonías que podría compararse con el trabajo de bandas como Mahavishnu Orchestra, donde la complejidad rítmica y la improvisación controlada son elementos clave. Sin embargo, Té Punch logra imprimir su sello personal, integrando elementos del jazz y el rock de manera orgánica y fluida.

A pesar de la calidad y sofisticación de su música, Té Punch no alcanzó un reconocimiento masivo en la escena musical española. Su álbum permanece como una joya oculta para los amantes del jazz rock, evidenciando que, aunque el talento y la ejecución fueron impecables, el éxito comercial no siempre acompaña a la excelencia artística. En retrospectiva, su música sigue siendo un testimonio de la elegancia y el buen gusto en la fusión de géneros, aunque, irónicamente, no lograra cruzar el puente hacia el estrellato que otras bandas internacionales como Steps Ahead o The Pat Metheny Group, por parecidos más que evidentes en lo melódico y en lo virtuoso, sí alcanzaron.

lunes, febrero 17, 2025

RICK WAKEMAN: THE STAGE COLLECTION (1994)

Si alguien todavía duda de la maestría de Rick Wakeman, es porque probablemente tiene que escuchar The Stage Collection. Y si lo ha hecho y sigue con dudas, debería considerar una revisión en el otorrino o, peor aún, de la percepción musical. Este álbum en vivo, grabado en Buenos Aires en 1993 y lanzado en 1994, captura a Wakeman en su elemento natural: sobre el escenario, sin red de seguridad y rodeado de un público devoto que entiende perfectamente que está presenciando a un verdadero mago de los teclados. ¿Que por qué siempre toca las mismas piezas? Bueno, quizá porque Journey to the Centre of the Earth y The Myths & Legends of King Arthur son como las sinfonías de Beethoven del rock progresivo: intocables, inmortales y siempre bienvenidas.

La banda que acompaña a Rick no es una simple comparsa, sino un conjunto de músicos de altísimo nivel. Adam Wakeman, su hijo, heredero natural del virtuosismo de su padre, refuerza la sección de teclados, mientras que Alan Thomson (Martin Barre Band, Pentagle) al bajo y Tony Fernandez en la batería sostienen la estructura con precisión milimétrica. A diferencia de otras épocas donde Wakeman estaba rodeado de orquestas y coros épicos, aquí el enfoque es más directo, más crudo, sin florituras innecesarias. Esto hace que piezas como “Journey to the centre of the Earth” suenen renovadas, liberadas del peso sinfónico, mostrando que la esencia de la composición sigue intacta y poderosa. Si alguien pensaba que Wakeman dependía de una orquesta para brillar, este disco lo deja en evidencia.

El setlist no solo incluye sus composiciones más célebres, sino también interpretaciones magistrales de “Eleanor Rigby” y “Paint it black”, demostrando que el músico no solo vive de sus propias glorias, sino que también sabe tomar clásicos ajenos y transformarlos en su propio reino de sintetizadores. ¿Demasiado sintetizador? Claro, es Wakeman, ¿qué esperabas? Las comparaciones con sus contemporáneos como Keith Emerson pueden ser inevitables, pero lo cierto es que Wakeman siempre tuvo un pie más en la grandilocuencia barroca y menos en la exploración sonora. Este álbum es un recordatorio de que el virtuosismo también puede ser emocionante y no solo un despliegue de velocidad técnica.

The Stage Collection es un testimonio perfecto de la vigencia de Wakeman en los años 90, en una época en la que muchos de sus contemporáneos ya estaban reduciendo revoluciones o intentando adaptarse a las nuevas tendencias. Wakeman, en cambio, sigue a lo suyo, tocando con una precisión insultante y demostrando que, aunque las modas cambien, la verdadera genialidad es atemporal. ¿Repetitivo? Tal vez. ¿Excesivo? Sin duda. ¿Absolutamente imprescindible? También. Porque, al final, si alguien sigue poniendo en duda el talento de Wakeman, solo tiene que dejar que la música hable por sí sola.

lunes, febrero 10, 2025

LOCOMOTIV GT (1971)

Locomotiv GT, aunque formados en 1970, irrumpió en la escena musical húngara al año siguiente con su debut homónimo, marcando el inicio de una banda que dejaría una huella importante en el rock del país. Formada por músicos de gran talento provenientes de grupos reconocidos, como Omega, la banda se propuso explorar nuevos sonidos dentro del rock-blues con tintes progresivos. El álbum refleja una mezcla de estilos que, si bien en ocasiones parecen tirar en direcciones distintas, logran cohesión gracias a la calidad instrumental de sus integrantes. Desde los primeros acordes de "Egy dal azokért, akik nincsenek itt", el disco muestra una combinación de energía y sensibilidad, con piezas que oscilan entre la potencia del hard y la delicadeza de baladas llenas de emotividad.

El sonido del álbum se caracteriza por la presencia de un órgano vibrante y expresivo a cargo de Gábor Presser, que aporta una atmósfera envolvente en temas como "A napba öltözött lány". La guitarra de Tamás Barta se desliza con fluidez, recordando en ciertos momentos a la destreza de Allan Holdsworth, aunque con una impronta más ligada al blues-rock británico. Károly Frenreisz, además de encargarse del bajo con una presencia destacada, introduce el saxofón en varias piezas, ampliando la paleta sonora de la banda de manera similar a lo que hacía Dick Heckstall-Smith en Colosseum. József Laux, con su batería potente y precisa, aporta una base rítmica sólida que a veces recuerda al estilo pesado de John Bonham. La combinación de estos elementos hace que Locomotiv GT logre un sonido distintivo dentro del panorama musical de la Europa del Este.

En cuanto a su resultado final, el álbum no oculta su admiración por bandas británicas de la época como Led Zeppelin o Deep Purple, especialmente en la crudeza de las guitarras y la fuerza del órgano. Temas como "Hej, én szólok hozzád" evocan sonidos hard roqueros en su riff principal, mientras que "Ordító arcok" experimenta con estructuras cercanas al rock progresivo, con pasajes instrumentales que podrían evocar a King Crimson. No obstante, Locomotiv GT no se limita a imitar, sino que introduce elementos propios que enriquecen su propuesta, como el uso del saxofón y la riqueza poética de sus letras, escritas por Anna Adamis, esposa del baterista.

El primer álbum de Locomotiv GT es una obra prometedora que, aunque aún no alcanza una identidad completamente definida, muestra un enorme potencial y una ejecución impecable. Si bien la banda sufriría cambios en su alineación poco después, este trabajo sentó las bases para su evolución futura y consolidó su estatus dentro de la historia del rock húngaro. Para los amantes del rock clásico con tintes progresivos, este disco es una joya que merece ser descubierta y apreciada.

ERIC WOOLFSON SINGS THE ALAN PARSONS PROJECT THAT NEVER WAS (2009)

Eric Woolfson fue alma creativa en The Alan Parsons Project, componiendo temas y conceptos, pero, sin embargo, su nombre quedó en segundo plano frente al de Alan Parsons, quien se encargaba de la producción y el sonido. En este trabajo, Woolfson retomó algunas composiciones descartadas o inacabadas de la época del Project y les dio nueva vida. El álbum, lanzado poco antes de su fallecimiento, permite conocer una parte de su trabajo que de otro modo habría quedado en el olvido.

El disco reúne canciones de distintas etapas creativas de Woolfson, algunas de ellas vinculadas a sus musicales. Temas como "Golden key" pueden recordar lejanamente a "Don’t answer me", mientras que "Somewhere in the audience" o "Immortal" destacan por su emotividad y su estructura melódica. A nivel instrumental, cuenta en un tema con la participación de antiguos miembros de The Alan Parsons Project como Ian Bairnson en las guitarras, David Paton en el bajo y Stuart Elliott en la batería, lo que contribuye a mantener cierta coherencia con el sonido clásico del grupo. La producción, realizada en diversos estudios, entre ellos su propio hogar y Abbey Road, es correcta y acorde con el estilo de Woolfson, aunque sin mayor brillo.

Woolfson tenía inclinación por las melodías accesibles y los arreglos orquestales, aunque en este disco prima un enfoque más intimista. Sin embargo, a pesar de su producción impecable, el álbum carece de momentos realmente memorables y no logra sorprender. Se deja escuchar con agrado, pero en ocasiones da la impresión de ser una colección de canciones que nunca llegaron a alcanzar su versión definitiva, resultando en un trabajo bastante discreto que agradará a los seguidores del compositor, aunque difícilmente atraerá nuevos oyentes.

domingo, febrero 09, 2025

ECHOLYN: THE END IS BEAUTIFUL (2005)

The End Is Beautiful es un álbum que destaca por su complejidad y riqueza musical, ofreciendo una experiencia auditiva que se enriquece con cada escucha. Desde la vibrante y con trazos emersónicos "Georgia Pine" hasta la emotiva "Misery, not memory", el disco presenta una variedad de estilos y emociones que mantienen al oyente atento. Las armonías vocales y la enorme destreza instrumental de la banda, comparable a Gentle Giant, se combinan para crear una obra que es tanto técnica como emocionalmente resonante.

Las letras del álbum abordan temas universales como la soledad, la pérdida y la esperanza, ofreciendo una reflexión profunda sobre la condición humana. Composiciones como "Lovesick morning" y "The end is beautiful" exploran estas temáticas con una sinceridad y profundidad que invitan a la interiorización personal. La inclusión de secciones de metales por ejemplo en temas como "Heavy blue miles", que me fascina, añade una dimensión adicional al sonido del álbum, enriqueciendo su paleta sonora y aportando una energía vibrante.

Este difícil y maravilloso álbum requiere múltiples escuchas para desentrañar todas sus capas y matices. Sin embargo, la inversión de tiempo se ve recompensada, ya que cada escucha revela nuevos detalles y profundidades. The End Is Beautiful se erige como una pieza esencial en la discografía de Echolyn y una contribución significativa al rock progresivo contemporáneo.

HOELDERLIN: RARE BIRDS (1977)

Hoelderlin fue una banda alemana de rock progresivo que, a lo largo de los años 70, evolucionó desde un sonido folk hasta un estilo más sinfónico y accesible. Este álbum, el cuarto de su carrera, marca un punto clave en esta transformación, incorporando nuevas influencias y mayor presencia de elementos rockeros gracias a la llegada del guitarrista español Pablo Weeber (ex Franklin). Aquí la banda todavía mantiene su esencia melódica y su característico uso de la viola, pero con una energía renovada que la diferencia de sus trabajos anteriores. Conformado por seis temas, el álbum equilibra pasajes instrumentales complejos con momentos de serenidad casi etérea, logrando un sonido sofisticado y envolvente.

El disco abre con "Häktik intergaläktik", un tema vibrante que me recuerda poderosamente a Caravan en su fluidez y estructuras melódicas, mientras que "Sky-lift" y el tema homónimo "Rare bird" exploran terrenos más suaves y atmosféricos, evocando la melancolía pastoral de Genesis. "Before you lay down rough and thorny" combina la calidez de la guitarra con una viola expresiva, creando una composición emotiva y envolvente. "Necronomicon", por su parte, es, para mí, el gran instrumental del álbum, destacando su estructura dinámica y su exquisita combinación de teclados y cuerdas. Finalmente, "Sun rays" cierra el álbum con una progresión relajante y melódica, resaltando la capacidad del grupo para crear paisajes sonoros detallados y ricos en matices.

Las influencias de Hoelderlin en Rare Birds son evidentes, con guiños a bandas como Camel, Happy the Man o Genesis, pero sin perder su identidad. La producción del álbum es cuidada y permite que cada instrumento tenga su espacio, resaltando la viola de Christoph Noppeney como una de las señas de identidad del grupo. A pesar de la evolución en su sonido, Hoelderlin logra mantener la elegancia y sofisticación que los caracteriza, evitando caer en los excesos del rock progresivo más pomposo y centrándose en la creación de atmósferas ricas y evocadoras.

Rare Birds es un álbum que representa el punto culminante de la trayectoria progresiva de Hoelderlin antes de adentrarse en terrenos más convencionales. Aunque no es tan innovador como sus primeros trabajos, ya hablaremos de ello más adelante, sigue siendo una obra de gran calidad que demuestra el talento compositivo y la madurez musical del grupo. Es un disco recomendable para los amantes del progresivo sinfónico que buscan una experiencia sonora refinada y emocionalmente rica.

sábado, febrero 08, 2025

ÉLŐ OMEGA (1972)

La legendaria banda húngara que logró trascender las barreras impuestas por el telón de acero, nos entregó en 1972 un álbum que no es solo un testimonio de su talento, sino una declaración de resistencia artística. Es un disco envuelto en un aura de contradicción: anunciado como un directo, pero con más de estudio que de concierto; con temas que debían haber formado parte de un álbum censurado, pero que encontraron la manera de ver la luz. Es precisamente en esa contradicción donde radica su magia. Élő Omega no es solo música, es un documento de lucha y reinvención, un puente entre el pasado psicodélico de la banda y su futuro sinfónico-progresivo.

A comienzos de los años 70, Omega sufrió una sacudida en su formación cuando Gábor Presser y József Laux abandonaron el grupo para formar Locomotiv GT. Lejos de significar un declive, este cambio obligó a la banda a reestructurarse y evolucionar. La entrada de Ferenc Debreczeni en la batería, junto con el liderazgo vocal de János Kóbor y el virtuosismo de György Molnár en la guitarra, dieron como resultado un sonido más sólido y orientado al hard rock con tintes progresivos. La influencia de bandas como Deep Purple o Uriah Heep es evidente, pero nunca como una simple copia; Omega siempre supo adaptar estos elementos a su propio lenguaje, creando un rock con una identidad única, teñida por la melancolía y la poesía húngara.

El repertorio de Élő Omega es una exhibición de poder y sensibilidad. Desde la mordaz “Hűtlen barátok”, una clara respuesta a la deserción de sus antiguos compañeros, hasta la hipnótica “Varázslatos, fehér kõ”, que cierra el álbum con una carga mística y evocadora. Temas como “Egy nehéz év után” destilan emoción pura, mientras que “Omegauto” y “Régvárt kedvesem” muestran una energía cruda y contagiosa. La balada “Emlék” se erige como una de las piezas más hermosas del disco, con un lirismo que desborda nostalgia. Todo esto, sin embargo, se ve empañado por una producción que intentó forzar la sensación de un concierto en vivo con aplausos añadidos artificialmente, lo que resta autenticidad pero no opaca la calidad de las composiciones.

La historia de este álbum es la historia de una banda que se negó a ser silenciada. El álbum Élő Omega fue censurado en Hungría porque incluía dos canciones, "200 évvel az utolsó háború után" y "Szex-apó", cuyos temas eran considerados problemáticos por el régimen comunista. La primera abordaba un futuro distópico y posbélico, lo que podía interpretarse como una crítica al sistema, mientras que la segunda tenía un título y contenido irreverentes sobre la sexualidad, algo mal visto por las autoridades. Debido a esto, la discográfica estatal Pepita se negó a publicarlo en su versión original de estudio, lo que llevó a la banda a lanzar un álbum "en vivo" con efectos de público añadidos para sortear la censura. La versión completa del álbum no vio la luz hasta 1998, tras la caída del comunismo.

En definitiva, Élő Omega no es solo un álbum, es una declaración. No importa si fue grabado en directo o en estudio, ni si el sonido es impecable o imperfecto. Lo que importa es la energía que transmite, la valentía que representa y la música inolvidable que nos regaló. Es la evidencia de que, en el arte, los obstáculos no son barreras, sino impulsos que pueden elevar la creatividad hasta la excelencia.

RUSH: COUNTERPARTS (1993)

Desde sus inicios, Rush fue una banda de exploradores sónicos, ingenieros del sonido que transformaban la complejidad en arte. Pero en Counterparts,  por primera vez, la banda baja la guardia de su maquinaria progresiva y deja que el corazón tome el control. Este álbum no es solo un ajuste de rumbo; es una conversación entre opuestos, un equilibrio entre lo mecánico y lo visceral, lo analítico y lo pasional.

El álbum palpita con una urgencia cruda que pocas veces había estado tan presente en Rush. "Animate" y "Stick it out" golpean con riffs pesados, casi grunge, pero no se quedan en la furia juvenil; la madurez de la banda los convierte en declaraciones de evolución personal. En cada compás, la precisión matemática de Neil Peart en la batería no sofoca la emoción, sino que la guía, como si cada golpe fuera un latido que recuerda a los oyentes que, más allá de la técnica, hay vida en cada nota.

Pero es en temas como "Nobody’s hero" y "Cold fire" donde el álbum deja de ser solo un conjunto de canciones y se convierte en un espejo emocional. La lírica, siempre profunda, aquí se siente más cercana, más urgente. Rush ya no narra historias de mundos distantes o epopeyas futuristas; en Counterparts, la banda enfrenta la realidad con una honestidad que atraviesa la piel. La producción robusta y la calidez de las cuerdas de Geddy Lee hacen que cada tema sea una confesión entre amigos, un recordatorio de que, en el fondo, todos buscamos conexión.

La genialidad de Counterparts radica en que su título no es solo un juego de palabras, sino su esencia misma. Es un álbum de contrastes: peso y sutileza, razón y emoción, estructura y espontaneidad. Es Rush encontrando el equilibrio entre su legado y su humanidad, entre la perfección técnica y el caos hermoso de ser simplemente humanos. Y en ese punto medio, logran algo raro: que la música no solo se escuche, sino que se sienta en lo más profundo.

viernes, febrero 07, 2025

OZRIC TENTACLES: SPIRALS IN HYPERSPACE (2004)

Ozric Tentacles nos regala en Spirals in Hyperspace una cápsula del tiempo musical que evoca los días dorados de la experimentación psicodélica británica. Este álbum, grabado en Reino Unido, se distingue por su fusión única de rock espacial, electrónica y ambient, uniendo la destreza de Ed Wynne en guitarra, teclados y programación con una propuesta sonora arriesgada y profundamente emotiva. La banda, siempre en constante evolución, recoge influencias del rock progresivo y la contracultura de los 70 y 80, trasladándolas a un contexto moderno y fresco, pero sin perder ese aire nostálgico que invita a recordar y redescubrir el pasado.

Cada pista de este álbum se despliega como un viaje a universos paralelos: desde el energético inicio de "Chewier", pasando por la envolvente "Spirals in hyperspace", hasta llegar a la casi meditativa "Psychic chasm" y la enigmática conclusión "Zoemetra". Con casi una hora de recorrido, la estructura del disco permite que cada tema se desarrolle de forma orgánica, fusionando texturas y ritmos que invitan a la meditación. La colaboración de músicos invitados, como Steve Hillage y Miquette Giraudy en el tema "Akasha", aporta una capa extra de autenticidad y conecta el legado del rock progresivo con la visión futurista y experimental de Ozric Tentacles.

Escuchar Spirals in Hyperspace es abrir un portal a esos momentos en que la música era un refugio de libertad y creatividad sin límites. La trayectoria de Ozric Tentacles, marcada por una incesante búsqueda de nuevos horizontes sonoros, se plasma en este trabajo que, a la vez, rinde homenaje a sus raíces y vislumbra caminos inexplorados. Con un estilo claro y directo, y un toque profundamente nostálgico, este álbum no solo invita a revivir recuerdos, sino también a soñar con futuros posibles, manteniendo viva la esencia de la exploración musical en cada nota.

AFFINITY (1970)

Si Affinity fuera una película, sería una de esas obras maestras olvidadas, una cinta de celuloide perdida en un archivo polvoriento, esperando a que alguien la descubriera. Este álbum no sólo es un testimonio del jazz-rock progresivo de su tiempo, sino la banda sonora de un futuro alternativo, un mundo que pudo haber sido y nunca fue. Cada nota, cada giro melódico, suena como un mensaje dejado en una botella por músicos que parecían adelantados a su propia disolución, como si supieran que su historia quedaría suspendida en el tiempo, inconclusa.

El Hammond de Lynton Naiff no es solo un instrumento, es una máquina del tiempo que nos transporta a un universo paralelo donde el rock y el jazz conviven sin fronteras. La voz de Linda Hoyle no canta, premoniza. En “Night flight”, su interpretación parece advertirnos de algo que nunca entenderemos del todo. La música de Affinity no busca la perfección, sino la inmortalidad, y lo hace con una mezcla de virtuosismo técnico y vulnerabilidad emocional que pocas bandas han logrado amalgamar en un solo álbum.

El mayor misterio de Affinity no es su música, sino su silencio posterior. ¿Qué hubiera pasado si hubieran seguido? ¿Habrían sido recordados junto a Julie Driscoll, Brian Auger & The Trinity, Colosseum, Soft Machine o Caravan? O quizás su grandeza reside precisamente en haber dejado una única declaración, en haber sido una estrella fugaz en vez de un sol permanente. Hay discos que son puertas abiertas y otros que son finales abruptos; este es ambos a la vez.

Escuchar Affinity es como recibir una carta de alguien que desapareció sin dejar rastro. Un testamento de lo que pudo haber sido, de un sonido que tenía más preguntas que respuestas. Y sin embargo, al terminar la última nota, la sensación no es de pérdida, sino de gratitud: porque hubo un instante en el que existieron, y en ese instante, lo dijeron todo.

jueves, febrero 06, 2025

SECRET OYSTER (1973)

El álbum debut de Secret Oyster, lanzado en 1973, representa el nacimiento de una supergrupo danés que reunió a destacados músicos provenientes de bandas emblemáticas como Burnin’ Red Ivanhoe, Coronarias Dans y Hurdy Gurdy. Fundado en 1972 y posteriormente conocido internacionalmente bajo el título Furtive Pearl, este primer trabajo surge en un momento de efervescencia creativa en la escena musical danesa, cuando la necesidad de explorar nuevos horizontes sonoros llevaba a músicos experimentados a fusionar sus influencias en un proyecto innovador. La elección del nombre, derivado del título de la pista “Secret Oyster Service del álbum debut de Burnin’ Red Ivanhoe, marca el comienzo de una aventura musical que, desde sus orígenes, apuesta por romper los moldes preestablecidos.

Musicalmente, el disco se adentra en un universo de jazz-rock y fusión que puede recordar a obras paradigmáticas de Mahavishnu Orchestra, Herbie Hancock o Miles Davis en la era de Bitches Brew. Cada tema transcurre como un viaje improvisado: desde la intensidad y velocidad de “Dampexpressen” hasta la dinámica dualidad de “Fire & water”, pasando por la experimentalidad de “Vive la quelle?” y la intrincada composición de “Public oyster”, que se despliega en casi once minutos de una atmósfera envolvente. La destreza de Claus Bøhling en la guitarra, la sorprendente incursión de Kenneth Knudsen al mando del piano eléctrico, un instrumento con el que apenas se iniciaba, y la proeza de Karsten Vogel en los saxofones y órgano, crean un entramado sonoro complejo y sugerente, en el que cada músico deja una huella imborrable. La pieza de cierre “Ova-X” cierra el álbum con una nota experimental, reflejo de un grupo que se atrevía a explorar sin miedo los límites del género.

Para mí, este debut no es solo una compilación de instrumentales virtuosos, sino un testimonio vivo de la pasión y la audacia creativa que definieron a una generación de músicos. La crudeza y el espíritu experimental de Secret Oyster logran transportarme a un tiempo en el que la música se sentía como una declaración de libertad, una invitación a desafiar lo convencional. Al sumergirme en sus paisajes sonoros, siento que cada nota vibra con el eco de una época irrepetible, recordándome que, a veces, lo más auténtico surge de la fusión de influencias y de la valentía de explorar lo desconocido.

ERIC WOOLFSON: GAUDI (1995)

Gaudi es un álbum conceptual lanzado en 1995 por Eric Woolfson, el compositor y productor con un destacado historial en The Alan Parsons Project, como todos a estas alturas sabemos. Este disco es la banda sonora de un musical que se sumerge en los dilemas de un escritor atrapado entre la integridad artística, el éxito comercial y los enredos de la vida familiar, todo ello en el inspirador marco de la arquitectura de Antoni Gaudí. Con pistas que exploran desde el pop progresivo hasta matices teatrales, el álbum invita a sumergirse en una narrativa que combina la fantasía visual con la cruda realidad de las pasiones humanas.

Es fundamental resaltar que, pese a compartir nombre y ciertos elementos temáticos, este proyecto no tiene nada que ver con el álbum anterior de temática similar del grupo Alan Parsons Project que se publicó en 1987. Woolfson se distancia de aquella obra al concebir Gaudi como una propuesta escénica y musical diferente, adaptada para el teatro, lo que implica arreglos, interpretaciones y, en ocasiones, modificaciones absolutas en letras y composiciones. Esta separación de conceptos puede resultar desconcertante para algunos seguidores, ya que quienes esperaban el sonido característico de la colaboración con Alan Parsons podrían sentirse defraudados por la marcada transformación hacia una experiencia teatral única.

La trayectoria en solitario de Eric Woolfson es tan variada como rica en influencias. Tras cosechar éxitos y reconocimiento en el mundo del rock progresivo, Woolfson se aventuró en la creación de obras musicales escénicas, explorando nuevas formas de narrar a través de la música. En Gaudi se perciben influencias de la estética modernista y del ambiente español, evidentes tanto en la ambientación como en la estructura del musical. Con la participación de destacados vocalistas y la impecable dirección orquestal de Gavin Greenaway, el álbum se erige como una declaración personal y audaz, que refleja el compromiso del artista por experimentar y trascender los límites tradicionales del género musical.

miércoles, febrero 05, 2025

STEVE HACKETT: WOLFLIGHT (2015)

En Wolflight, Steve Hackett nos invita a sumergirnos en un universo inexplorado donde la dualidad entre lo humano y lo salvaje se manifiesta a través de cada acorde y cada silencio. Desde una perspectiva que trasciende lo convencional, el álbum se erige como una meditación sonora sobre la conexión íntima entre el hombre y el lobo, ese animal enigmático que simboliza tanto la furia instintiva como la sabiduría ancestral. La inspiración surge de esas horas previas al amanecer, momentos en los que la penumbra invita a la reflexión y al despertar de impulsos primordiales, transformando la experiencia musical en un ritual de redescubrimiento personal.

Musicalmente, Wolflight es un crisol de influencias que rompe las barreras del rock progresivo tradicional. Hackett despliega una paleta sonora rica y variada, combinando con maestría guitarras eléctricas y acústicas, y sumándose a ello instrumentos de inspiración mundial como el oud, el tiple, o el duduk, que aportan texturas exóticas y un aire de misterio. Cada pista se siente como un viaje a través de paisajes sonoros distintos: desde los matices orientales y mediterráneos de “Corycian fire” hasta la delicadeza íntima de “Earthshine” y “Loving sea”. Esta diversidad instrumental no solo refuerza el carácter polifacético del álbum, sino que también destaca la constante búsqueda de Hackett por reinventarse sin perder la esencia que lo ha definido durante décadas.

El recorrido musical de Wolflight se convierte en una narrativa casi cinematográfica, en la que cada tema actúa como un capítulo de una historia mayor. La pista titular, por ejemplo, evoca la imagen poderosa del lobo aullando en la vastedad de la noche, mezclando pasajes épicos con momentos de íntima vulnerabilidad. De forma similar, “Love song to a vampire”, que cuenta con la última colaboración de Chris Squire con Hackett, transforma la oscuridad en una balada apasionada, en la que los contrastes de ritmo y la dinámica entre lo suave y lo explosivo logran crear una atmósfera cargada de emociones intensas. La habilidad de Steve Hackett para fusionar elementos aparentemente dispares en composiciones coherentes desemboca en una experiencia que, si bien es técnica y meticulosamente elaborada, también se siente profundamente humana y visceral.

Wolflight significa el testimonio del compromiso de Hackett con la exploración artística y la innovación sonora. Más allá de ser simplemente otro álbum en su prolífica discografía, este trabajo es un canto a la libertad y a la intimidad, donde la música se transforma en un espejo que refleja las facetas más primitivas y sinceras del alma. Entretejido con un virtuosismo técnico y una pasión que trasciende lo ordinario, Hackett convierte cada acorde en una invitación para celebrar la sublime elegancia del progreso musical junto a la intensidad cruda de nuestros instintos más primarios. Su obra se erige, de esta manera, como un puente encantado que convoca al oyente a descubrir la sinfonía que nace en la fusión de la razón con la fuerza indómita de lo salvaje.

DAVID SANBORN: HIDEAWAY (1980)

Hideaway representa, en muchos sentidos, el punto de convergencia entre la trayectoria personal y profesional de David Sanborn, y es reflejo de un proceso evolutivo en el que sus raíces en el blues de Chicago y el jazz de St. Louis se fusionan con la modernidad del funk y el soul. Si repasamos sus primeras experiencias, vemos claro que desde tocar con grandes del blues hasta integrarse en bandas icónicas como la Butterfield Blues Band, fueron fundamentales para sentar las bases de su estilo único. Esa trayectoria le permitió, con el tiempo, consolidar un sonido propio, en el cual la expresividad del saxo se convierte en el vehículo de una narrativa musical rica y llena de matices, que se evidencia en Hideaway al combinar piezas rítmicas intensas con baladas melódicas.

El razonamiento detrás de la elección de temas y arreglos en este disco se basa en una clara intención por equilibrar la innovación con la tradición. Por un lado, se observan composiciones propias y coescritas que manifiestan una evolución en su capacidad compositiva, destacándose temas como la pieza titular y las baladas “Carly’s song” y “Lisa”, que evidencian una sensibilidad musical más interior y sofisticada. Por otro lado, la colaboración con músicos de alto calibre, como Steve Gadd en la batería y Neil Jason en el bajo, respalda la calidad y la diversidad rítmica del álbum. Esta combinación de influencias y la elección de colaboradores no son fortuitas, sino que responde a un proceso de refinamiento artístico en el que cada elemento se suma para crear una obra coherente y vanguardista.

Finalmente, la producción de Hideaway se puede analizar como un experimento consciente de buscar un sonido accesible sin renunciar a la complejidad y la riqueza del jazz fusión. La inclusión de arreglos con cuerdas, teclados y percusiones complementa el inconfundible tono del saxo de Sanborn, permitiendo que la música se despliegue en múltiples capas de textura sonora. Esta decisión estética y técnica responde a la necesidad de dialogar con un público más amplio, sin perder el rigor musical que siempre ha caracterizado a Sanborn. Así, el álbum no solo refuerza su posición como innovador dentro del género, sino que también sirve como testimonio del equilibrio entre tradición e innovación que ha marcado toda su carrera.

martes, febrero 04, 2025

EARTHSTAR: FRENCH SKYLINE (1979)

La primera vez que escuché French Skyline de Earthstar, sentí que tenía ante mí una puerta abierta al cosmos. El arte, la tipografía y la fragancia de aquel vinilo de 1979 me transportaron a un universo donde el tiempo se diluía y cada surco narraba una historia espacial, única y personal. Encarnaba la esencia misma de la música cósmica, un viaje sonoro que, en mi memoria, sigue siendo inigualable.

El álbum se adentra en paisajes sonoros que recuerdan con fuerza a la Escuela de Berlín, sobre todo en su primera cara, impregnando cada tema de una atmósfera etérea y envolvente. Bajo la atenta mirada y el prodigioso influjo de Klaus Schulze, Earthstar logró plasmar en French Skyline un híbrido fascinante: la fusión de sintetizadores, Mellotrones y el enigmático Biotron, combinados con matices de flauta, guitarra y hasta toques exóticos como el sitar. Esa amalgama instrumental creó una banda sonora que parece esculpida en el tiempo, evocando tanto la grandeza del universo como la intimidad de un susurro cósmico.

Para mí, cada escucha de este LP es un viaje profundamente emotivo. Los movimientos de las enormes suites "Latin sirens face the wall" y "French skyline suite" invitan a perderse en un laberinto de texturas sonoras y a dejarse llevar por la incesante danza de luces y sombras que caracterizan la música electrónica de este registro. Esa combinación de técnica y sensibilidad conecta con un pasado vibrante y con una corriente artística que, a pesar de su aparente lejanía temporal, sigue provocando emoción con su escucha.

French Skyline es una experiencia vital que trasciende el tiempo y el espacio. Con una pasión que se siente en cada nota y en cada pausa, Earthstar nos regala un testimonio único de la era dorada de la música electrónica, un legado que, al fusionar influencias de la Escuela de Berlín con una visión propia, invita a soñar, a reflexionar y, sobre todo, a sentir el inmenso latido del universo.

THE SYN: BIG SKY (2010)

Big Sky se presenta como un álbum que, a pesar de su modernidad en producción, pretende evocar la esencia y la nostalgia de los inicios del rock progresivo. Con una duración de poco más de 51 minutos, sus diez pistas recorren paisajes sonoros que transitan entre lo acústico y lo sinfónico, ofreciendo momentos de reflexión interna y de sutil optimismo. La propuesta musical es, en esencia, relajada y pastoral, marcada por la inconfundible voz de Steve Nardelli, quien lidera el proyecto con una sensibilidad que invita tanto a la calma como a la reflexión.

La historia de The Syn, que se remonta a mediados de los años 60 y guarda una íntima conexión con el origen de Yes, se originó en la vibrante escena londinense. En ella, The Syn fue uno de los pioneros en el desarrollo del rock progresivo, contando en sus filas con figuras que más tarde integrarían Yes, como Chris Squire y Peter Banks. Tras décadas de inactividad, Steve Nardelli resucitó el nombre con nuevos compañeros, entre los cuales se destacan el ex-It Bites Francis Dunnery y el experimentado tecladista Tom Brislin, cuya trayectoria incluye colaboraciones con Yes, Kansas, Renaissance y Camel, aportando así una mezcla de tradición y modernidad al conjunto.

La colaboración en Big Sky también se enriquece con la participación de músicos invitados como Brett Kull, Paul Ramsey (ambos procedentes de Echolyn) y Dorie Jackson (vocalista en los 2000 del citado Dunnery), quienes complementan la propuesta con su toque personal.

Aunque el álbum se aleja de la intensidad progresiva de sus inicios, se mantiene fiel a una línea melódica y estructurada que recuerda a los momentos más serenos y reflexivos de los inicios del rock progresivo. Los arreglos, en ocasiones minimalistas, permiten que la composición y el mensaje se expresen de forma sincera, sin caer en artificios excesivos, y ofreciendo al oyente un espacio de calma y contemplación en cada tema.

En síntesis, Big Sky es un álbum que conjuga su legado histórico con una propuesta musical personal y actualizada. Su enfoque melódico, la integración de músicos de renombre y el toque nostálgico en la producción, se unen para ofrecer una experiencia auditiva emotiva, en la que la calma y la reflexión son protagonistas sin perder la esencia del rock progresivo.

lunes, febrero 03, 2025

BARCLAY JAMES HARVEST (1970)

El debut homónimo de Barclay James Harvest en 1970 es un trabajo que fusiona el art rock con elementos sinfónicos y psicodélicos, creando una atmósfera envolvente y evocadora. Desde la enérgica apertura con "Taking some time on" hasta el dramatismo de "Dark now my sky", el álbum despliega una riqueza instrumental y compositiva que lo distingue dentro de la emergente escena progresiva de la época. Su sonido, a la vez etéreo y poderoso, construye paisajes sonoros que oscilan entre la reflexión y la grandilocuencia, manteniendo un equilibrio entre la sensibilidad melódica y la experimentación.

Más que un simple conjunto de canciones, el disco transmite una sensación de búsqueda constante, tanto musical como emocional. "Mother dear" y "The sun will never shine" contrastan la calidez con la melancolía, mientras que "The iron maiden" se mueve entre lo sombrío y lo exaltado, mostrando la capacidad del grupo para generar tensión y dinamismo. La riqueza de los arreglos sinfónicos refuerza la idea de que la banda no solo explora el sonido, sino también el estado de ánimo que puede provocar en el oyente, logrando una experiencia inmersiva.

A lo largo del álbum, se percibe una reflexión sobre el tiempo y su influencia en la música. "When the world was woken" sugiere un constante despertar, una búsqueda entre la nostalgia y la incertidumbre. La estructura de las canciones y la manera en que los instrumentos dialogan entre sí generan una sensación de atemporalidad, como si cada tema existiera en un punto intermedio entre lo antiguo y lo coetáneo.

El primer álbum de Barclay James Harvest logra capturar una esencia atemporal dentro del rock progresivo, combinando lirismo y sofisticación musical. Su capacidad para generar emociones profundas y su riqueza instrumental lo convierten en una obra que sigue resonando con fuerza. Más allá de su contexto histórico, es un disco que invita a la contemplación y demuestra que la música, muy a menudo, trasciende las barreras del tiempo.

RICHARD SÉGUIN: TRACE ET CONTRASTE (1980)

Trace et Contraste es, sin duda, una experiencia musical que me ha sorprendido muy satisfactoriamente. Al sumergirme en sus sonidos, se aprecia que cada nota y cada acorde cuenta  una historia de contrastes y matices, reflejo de la dualidad que a menudo encontramos en la vida. La huella inconfundible del rock progresivo se entrelaza con la sensibilidad del folk que caracteriza a Richard Séguin, creando un ambiente que invita tanto a la reflexión íntima como a la celebración de la musicalidad en su forma más pura.

Uno de los aspectos que más me ha impactado es la presencia de solos instrumentales a los teclados, guitarras o saxofones, ejecutados con una precisión y emoción que rozan lo sublime. Las estructuras complejas de las composiciones nos transportan a un universo sonoro donde cada sección evoluciona de manera inesperada y fascinante, recordándome la audacia y creatividad que se vivió en la emblemática colaboración de la zona de Quebec entre artistas como Serge Fiori y Richard Séguin. Es imposible no dejarse llevar por la intensidad de esos momentos, donde la destreza instrumental se convierte en un verdadero lenguaje emocional, capaz de transmitir desde la melancolía hasta la euforia.

Este álbum no es solo una muestra de habilidad técnica y experimentación, sino también un viaje emocional que rinde homenaje a la rica tradición del folk rock progresivo que marcó una época en Quebec. Trace et Contraste resuena en lo más profundo del alma, recordándonos, no me cansaré de decirlo nunca, que la música tiene el poder de unir lo opuesto, de contrastar para revelar la belleza que se esconde en cada matiz sonoro. Este disco logra un equilibrio armonioso entre la emotividad, la nostalgia y la exploración musical, reflejando con autenticidad la capacidad de Richard Séguin para evolucionar sin apartarse de su esencia.

domingo, febrero 02, 2025

ANYONE'S DAUGHTER: NEUE STERNE (1983)

El crepúsculo de una era siempre deja tras de sí una estela de incertidumbre. En 1983, cuando el rock progresivo parecía perderse entre la bruma de la inmediatez ochentera y las tímidas oleadas de una nueva generación de incipientes grupos progresivos que comenzaba a respirar fuera de las profundidades, Anyone’s Daughter se atrevió a trazar un mapa hacia nuevas constelaciones. Neue Sterne es, en muchos sentidos, el álbum de una banda al filo de la disolución, un grito nostálgico en el abismo del cambio. Suena como una despedida no anunciada, como un último intento de encajar en un mundo que ya no hablaba el lenguaje de los sueños sinfónicos. La banda, siempre elegante y melódica, susurra aquí su verdad entre acordes de teclado digitalizados y guitarras que se resisten a olvidar su lirismo.

La primera mitad del álbum se siente como un vaivén entre la aceptación y la lucha. “Der plan” aún conserva el encanto melancólico del grupo, pero el título homónimo, “Neue sterne”, es quizás su momento más desorientado, una pieza que parece ceder demasiado a las modas del momento. Sin embargo, “In zerbrochenem glas” recupera la profundidad emocional, con una fragilidad casi tangible que nos recuerda que el verdadero arte nunca muere del todo. Y es en esa fisura donde la banda aún brilla, donde los ecos de sus mejores días se filtran entre el pulso cada vez más pop de la época.

Es en la segunda mitad del viejo vinilo donde Neue Sterne encuentra su redención. “Viel zu viel” irrumpe con una energía contagiosa, una de esas piezas que, pese a su estructura más accesible, conserva la esencia de la banda. Pero es en los últimos temas donde Anyone’s Daughter se permite un respiro de autenticidad: tanto “Konsequenzen”, con su oda instrumental al pasado progresivo, como la mini suite “Illja Illja Lela”, que mezcla pasajes espaciales y clasicismo con una belleza que desafía la era digital, se erigen en caballos ganadores. “Reprise”, como su nombre indica, recoge los trozos de un álbum fragmentado, los recompone y nos deja con un eco de lo que una vez fue y lo que pudo haber sido.

Quizá Neue Sterne no sea el álbum con el que Anyone’s Daughter quería ser recordado, pero sí es el testimonio de una banda que, aún en su ocaso, supo mantenerse fiel a su sensibilidad. No todas las estrellas nacen para brillar eternamente; algunas, como las de este álbum, iluminan con su última luz un cielo ya en mutación. En esa contradicción, en esa lucha entre la nostalgia y la modernidad, reside su belleza: un disco que, sin ser perfecto, es dolorosamente humano.

Quizás no fue el final… pero lo pareció. Anyone’s Daughter se resistió a desvanecerse, aferrándose a un fulgor cada vez más tenue. Last Tracks (1986) marcó su ocaso, y su regreso décadas después con Danger World (2001) y Wrong (2004) reveló la dificultad de revivir un espíritu progresivo en tiempos ajenos. Livin’ the Future (2018) intentó prolongar la historia, aunque a veces es mejor dejar que el pasado repose. Aun así, su esfuerzo merece reconocimiento, porque incluso las estrellas más apagadas siguen dejando su rastro en el cielo.

THRESHOLD: HYPOTHETICAL (2001)

Threshold siempre ha sido esa banda que coquetea con la genialidad sin necesidad de reinventar la rueda. Hypothetical es la prueba definitiva de que el progresivo metal británico tenía un caballo de batalla capaz de competir con los titanes del género sin necesidad de parecerse a Dream Theater. Desde el primer golpe de "Light and space", el álbum se despliega como una sinfonía calculada, donde cada riff y cada línea vocal parecen haber sido esculpidos con precisión quirúrgica. La banda suena cohesionada, con la entrada de Johanne James en la batería aportando una solidez rítmica que eleva la intensidad del disco sin caer en la sobreproducción innecesaria.

El disco no se conforma con la contundencia inicial y nos sumerge en una montaña rusa emocional. "Turn on tune in" juega con cambios de ritmo que bordean lo progresivo sin perder un ápice de accesibilidad, mientras que "The ravages of time" se erige como una epopeya de más de diez minutos que representa toda la esencia de Threshold: melodías memorables, un trabajo instrumental afilado y una producción pulida que no ahoga la composición. "Sheltering sky" y "Oceanbound" bajan ligeramente la intensidad para recordarnos que, más allá de la técnica, la melodía sigue siendo el pilar fundamental de su sonido.

Y cuando parece que todo está dicho, "Narcissus" cierra el álbum con un despliegue épico que deja un regusto dulce e inolvidable. Es un tema que define el poder del metal progresivo sin excesos innecesarios, demostrando que la complejidad no está reñida con la emoción. Sin embargo, "Keep my head" puede parecer un pequeño tropiezo, un tema que roza lo pop y rompe momentáneamente la cohesión del álbum, pero incluso en sus momentos más discutibles, Threshold mantiene una calidad que muchos envidiarían.

Hypothetical es un disco que consagró a Threshold en el Olimpo del metal progresivo, sin necesidad de poses ni pretensiones desmesuradas. No cambia las reglas del juego, pero las domina con maestría. Puede que Threshold no sea la banda más innovadora del género, pero con álbumes como este, queda claro que la excelencia no siempre necesita de la revolución.

sábado, febrero 01, 2025

PALLAS: THE DREAMS OF MEN (2005)

Pocas veces un disco logra ser la manifestación de una pregunta eterna: ¿cuántos de nuestros sueños nos pertenece y cuánto es heredado por la humanidad misma? "The Dreams of Men" de Pallas no es solo un compendio de temas con virtuosismo instrumental, sino un viaje introspectivo por los anhelos y temores que han guiado a la civilización a lo largo de la historia. Desde la primera nota de "The bringer of dreams", el disco se siente como un espejo en el que nos vemos reflejados no como individuos, sino como piezas de un entramado más grande. Cada melodía parece formar parte de un ADN sonoro que hemos escuchado antes, aunque nunca de esta forma tan pura, tan monumental.

Uno de los aspectos más intrigantes de este álbum es la forma en que Pallas juega con la historia y la mitología, no como meros relatos del pasado, sino como pulsaciones que resuenan en la actualidad. "Ghostdancers" no es solo una elegía a los inmigrantes escoceses, sino un recordatorio de la tragedia humana que sigue vigente en cada exiliado de nuestro tiempo. "Too close to the sun", con su instrumental majestuoso, evoca la tragedia de Írcaro, pero también nos habla de los peligros de la ambición desmedida en un mundo obsesionado con el poder y la expansión. Pallas no solo narra, sino que advierte, confronta y emociona.

Sin embargo, lo que hace que este disco trascienda su propio género es la vulnerabilidad que se filtra en cada interpretación. Alan Reed no canta, confiesa. Su voz en "Warriors" es la de un hombre que ha visto demasiado y aún así se aferra a la esperanza. "Mr. Wolfe" nos enfrenta al lado más oscuro de la naturaleza humana con una teatralidad inquietante, mientras que "Northern Star", en su aparente sencillez instrumental, nos envuelve en una calma que es casi una pausa necesaria antes del último acto de este épico sueño musical.

Cuando "The last angel", un réquiem donde la celestial voz de Pandy Arthur no es una celebración, sino una despedida, se desvanece en su última nota, la sensación que deja es extrañamente dual: una satisfacción plena y, al mismo tiempo, una melancolía profunda. Es como despertar de un sueño revelador, donde todo parecía tener sentido por un instante, solo para desdibujarse en la vigilia. The Dreams of Men no es solo un disco, es un testamento sonoro de lo que significa soñar, fracasar y seguir adelante. Y en esa constante búsqueda, Pallas nos recuerda que, al final, todos somos la suma de los sueños que nos precedieron.